domingo, 27 de mayo de 2018

Maurice Baring y sus recuerdos sobre la liturgia católica

Nacido el 27 de abril de 1874 en Londres, Maurice Baring fue un poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y periodista inglés, muy célebre en su época.  Su padre era Edward Baring, el primer Barón de Revelstoke, Director del Banco de Inglaterra entre 1879 y 1891, y tatarabuelo de Diana Spencer, Princesa de Gales. Su hijo estudió Eton y luego en el Trinity College de Cambridge. Fue diplomático al servicio de la Corona entre los años 1898 y 1904, sirviendo en París, Copenhague y Roma, aunque pronto afloraría que la escritura era su verdadera vocación. Cuando dejó su cargo comenzó a trabajar para el Morning Post, donde lo designaron para cubrir la Guerra ruso-japonesa (1904-1905). Para dicho periódico fue también corresponsal en Rusia y Constantinopla. Más tarde trabajo para The Times, donde se ocupó de los reportajes relativos la crisis de los Balcanes. De más está decir que Baring hablaba fluidamente cinco idiomas (inglés, francés, italiano, alemán, ruso), además de latín y griego. Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, se unió a los Royal Flying Corps y en 1918 logró llegar a oficial de la Royal Air Force. Después de la guerra se dedicó por completo a la literatura, siendo los relatos breves su especialidad. En 1930 comenzó a sufrir de una parálisis, que le desencadenaría la enfermedad de Parkinson. Diez años después se vio forzado a dejar su casa en Rottingdean y trasladarse a Escocia, donde fue cuidado por un amigo. Murió el 14 de diciembre de 1945.

Maurice Baring (1874-1945)

Se cuentan varias anécdotas curiosas de Baring. Una de ellas es que tenía una particular forma de coleccionar libros o, mejor dicho, de coleccionar páginas de libros. Cuando leía un libro que le pertenecía y encontraba un pasaje que era de su agrado, simplemente arrancaba la página para pegarlas en un cuaderno que llevaba siempre consigo. Así lograba conservar las ideas que estimada debía conservar frescas. Otra anécdota cuenta que, viajando en tren por el continente y mientras conversaba con un amigo, se dispuso a guardar su abrigo en su maleta. Al ver que no cabía en ella, y sin dejar de conversar, cogió su abrigo y lo tiró por la ventana, continuando con la conversación como si nada hubiera pasado.

El aspecto de la vida de Baring que aquí interesa es su conversión al catolicismo, la que se materializó el 1° de febrero de 1909 cuando fue recibido en la Iglesia católica, en el Oratorio de Londres. En su autobiografía señala que esta decisión fue la única acción en su vida de la cual estaba ciertamente seguro que nunca se había arrepentido. En su conversión incluyeron dos de sus amigos: Hilaire Belloc (1870-1953) y de G. K. Chesterton (1874-1936), aunque este último sólo se convertiría en 1922. De hecho, cuando lo hizo escribió una carta a Baring agradeciendo la gran influencia que había tenido sobre él junto con el Rvdo. Ronald Knox (1888-1957), también converso. Célebre es el cuadro pintado por Sir James Gunn en 1932, en el que aparece Chesterton sentado y escribiendo en una mesa redonda en compañía de Belloc, sentado frente a él, y Baring, de pie, fumando un cigarrillo, ambos atentos a lo que su amigo escribía. Esta pintura se exhibe hoy en la National Portrait Gallery de Londres. 

Conversation piece, Sir James Gunn, 1932, National Portrait Gallery (Londres)

En 1922 apareció la obra autobiográfica de Baring intitulada The Puppet Show of Memory (El espectáculo de los títeres de la memoria). De ella queremos ofrecerles dos párrafos relativos a sus primeros recuerdos sobre la liturgia católica cuando todavía era agnóstico. 

El primero de esos párrafos narra la impresión que tuvo cuando asistió por primera vez a una Misa católica. Lo hizo durante el otoño de 1899 en la Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias de París, acompañado de su amigo Reggie Balfour. 

Me ha impresionado gratamente. Siempre me había imaginado los servicios católicos largos, complicados y sobrecargados de ritos. Pero la Misa se me hizo corta, sumamente sencilla y no sé por qué me recordó las catacumbas y las reuniones de los primeros cristianos. Uno se sentía como si estuviese contemplando algo muy antiguo. También me impresionaron el comportamiento de los fieles y la expresión de sus rostros. Evidentemente, a sus ojos, aquéllo era real. 

Misa tradicional celebrada en la Iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, París
(Foto: Pinterest)

En febrero de 1902, Baring coincidió en Roma con la celebración del jubileo de papa León XIII. Asistió a una Misa papal a la Basílica de San Pedro y fue testigo de cómo el Santo Padre era trasladado en silla gestatoria, mientras bendecía a la multitud. 

Yo estaba justo debajo de la cúpula. En el momento de la elevación, la Guardia Papal cayó de rodillas y sus alabardas golpearon el suelo de mármol. con un ruido brusco y estruendoso, al tiempo que las trompetas sonaban bajo la bóveda. En ese momento alcé la vista y mis ojos tropezaron con la inscripción escrita alrededor con grandes caracteres: Tu es Petrus, y pensé que, sin lugar a dudas, la profecía se había cumplido de un modo sustancial y concreto... la solemnidad y la majestad del espectáculo eran indescriptibles, sobre todo porque la palidez del Papa hacía que su rostro pareciera transparente, como si el velo de carne que lo separaba del resto del mundo se hubiese visto reducido y atenuado hasta el extremo, hasta un punto casi sobrenatural. 

Detalle del interior de la cúpula de la Basílica de San Pedro del Vaticano
(Foto: Flickr)

Nota de la Redacción: Los textos han sido tomados de Baring, M., The Puppet Show of Memory, Londres, 1930, pp. 259 y 305, a partir de la traducción que se ofrece en Pearce, J., Escritores conversos, trad. de Gloria Estela Villar, Madrid, Palabra, 4ª ed., 2009, pp. 27-28.

jueves, 24 de mayo de 2018

El indulto inglés: un objeto de fraternal envidia

La Latin Mass Society of England and Wales es probablemente uno de los capítulos más importantes de la Federación Internacional Una Voce. Con una presencia a nivel nacional que permite la celebración de la Santa Misa en su forma extraordinaria de manera dominical en todas las diócesis de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, así como de varias celebraciones durante la semana, es una organización que sin duda se erige como un modelo para todos los demás capítulos de la Federación en cuanto a su impacto y alcance. Esta peculiaridad, más aún encontrándonos en un país de mayoría protestante, se explica, entre otros factores, por la histórica y denodada defensa que en especial los laicos demostraron durante los primeros años de la reforma litúrgica posconciliar.

En efecto, el año 1971 un grupo de destacadas personalidades británicas, que incluían a la famosa escritora Agatha Christie e incluso a dos obispos anglicanos, se dirigió mediante una carta a S.S. Pablo VI solicitando su autorización para permitir que continuara la celebración de la Santa Misa de conformidad a la edición del Misal Romano del año 1965, destacando la herencia artística y cultural asociada al rito latino (una transcripción de la carta puede ser leída aquí). El romano pontífice accedió a la petición de los firmantes, por lo que Inglaterra y Gales se convirtieron en el único lugar del mundo donde se permitió explícitamente la celebración de la Misa Tradicional, con ciertas restricciones, hasta la publicación de la carta "Quattuor Abhinc Annos" (1984) de San Juan Pablo II. El texto de la respuesta remitida por S.S. Pablo VI puede ser leída aquí. 

Interior de la Catedral de Westminster

En este sentido, les ofrecemos una traducción de una ponencia del Dr. Erich de Saventhem, presidente fundador de la Federación Internacional Una Voce. En ésta, presentada en el marco de la Reunión General Anual de la Latin Mass Society de 1999 y cuyo original se puede leer aquí, el expresidente de la Federación resalta cómo el Indulto Inglés o de "Agatha Christie" se había convertido en un objeto de "envidia" para el resto del orbe tradicional. En efecto, sus disposiciones permitieron a los fieles de Inglaterra y Gales gozar de una mayor continuidad en la celebración de la Santa Misa de conformidad con las rúbricas tradicionales, lo que recién se empezaría a regularizar en el resto del Mundo tras la publicación de la carta "Quattuor Abhinc Annos" (1984) de San Juan Pablo II. Cabe notar que los anhelos de regularización expresados por el Dr. de Savanthem han sido en gran medida acogidos con la entrada en vigor del motu proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI, quien liberalizó el uso de la edición típica del Misal Romano del año 1962 mediante un acto de jurisdicción universal, recomendando vivamente su implementación práctica a todos los obispos del Mundo.

Cabe finalmente destacar que la Asamblea en comento de la Latin Mass Society, celebrada con mucha anterioridad a la entrada en vigor del Motu Proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI, fuera inaugurada con una misa solemne en el altar mayor de la Catedral de Westminster, ciertamente el templo católico más importante de Inglaterra, lo que habla de cómo el permitir la coexistencia ritual permitió la integración normal y pacífica de los grupos tradicionales al interior de la vida de la Iglesia, y no como una realidad aislada, extremista o nostálgica.  

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El indulto inglés: “un objeto de fraternal envidia”

Dr. Eric de Saventhem

Dr Erich de Saventhem (1919-2005)
(FIUV)

Señor Presidente, reverendos miembros del clero y de las órdenes religiosa, y todos los demás miembros y amigos de The Latin Mass Society,

Esta mañana, mientras asistieron a la Misa Solemne en la catedral de Westminster, agradecieron a Dios por el regreso, en este día, del rito tridentino al altar mayor de la catedral, una congregación invisible pero mundial de millones de católicos se unió en ferviente oración con las suyas.
  
Con ustedes, experimentaron que algo de vital importancia para el futuro de nuestra amada Iglesia estaba ocurriendo. Con ustedes, ellos supieron que lo que estaban presenciando no podía ser –como algunos temen- la primera etapa de la prolongada agonía del rito tridentino, el cual sobreviviría brevemente como una mera curiosidad nostálgica. Con ustedes ellos rogaron para que, por el contrario, esta Misa sea el primer acto público anunciando una eventual restauración del venerable rito romano a una estima y honor universales. Y con ustedes, ellos sintieron que la importancia de este acto público trascendiera los objetivos inmediatos de aquellos que en esta especial ocasión de su Reunión General Anual solicitaron una misa solemne tridentina, así como de aquellos que ofrecieron la catedral para su celebración.

Un objeto de fraternal envidia.

Misa Tradicional en la Catedral de Westminster
(LMS)

En efecto, la Misa Solemne de esta mañana tiene una significación eclesiológica de que nosotros –viviendo en uno de los lugares menos favorecidos del mundo [N del T. El Dr. de Saventhem era alemán, entonces radicado en Suiza] estamos probablemente más conscientes que ustedes. Para nosotros, el llamado “Indulto Inglés” es un objeto de fraternal envidia. Lo vemos, en primer lugar, como un acto de justicia elemental. Justicia impartida por sus obispos para aquellos que no pueden, en conciencia, atribuir a la reforma litúrgica posconciliar los motivos que, por sí solos, en palabras del papa Pío XII, justificarían tal alcance a los cambios en las formas de la oración de la Iglesia –aquellos que de hecho no pueden, en conciencia, considerar estos cambios como necesarios para el “mayor honor de Jesucristo y la Santísima Trinidad, o para mejor instrucción o más ferviente devoción de los fieles” (Mediator Dei, 53).

Más partisano que pastoral.

Entrenamiento Litúrgico
(LMS)

En muchos lugares del mundo Católico aquellos que sostienen dichas visiones están, hoy en día, simplemente desautorizados. No es el caso de Inglaterra y Gales donde, como prueba el Indulto, sus derechos básicos como “contribuyentes espirituales” encontraron un reconocimiento tardío. En segundo lugar, el Indulto aparece para nosotros, en el extranjero, como un gesto de reconciliación. Incluso como se establece –con su restricción a Inglaterra y Gales, y reducido a “ocasiones especiales”, y con la arbitrariedad con que a veces se aplica el indulto modifica el decreto previo de sus obispos bajo el cual el rito antiguo permaneció prohibido desde la Cuaresma de 1970. Por eso, vemos en el Indulto un reconocimiento tácito del hecho de que la reforma de la Misa se volvió hasta cierto punto un divorcio con las verdaderas necesidades de los fieles, que su orientación se volvió progresivamente más partisana que pastoral y que entonces, debía modificarse.

Y finalmente, en un plano más elevado, vemos el Indulto como un primer acto de reparación. Reparación para el deshonor diariamente infligido a Nuestro Señor en su presencia sacramental Eucarística. Presencia para aquellos que, bajo los ropajes de una reforma, pervertirían la esencia de la liturgia católica y destruiría la fe de la gente. Entonces nosotros, desde el exterior, estamos profundamente agradecidos de aquellos que promovieron aquella carta de intelectuales al diario The Times, y a su Presidente, por sus perseverantes esfuerzos para persuadir a los obispos acerca de la necesidad de una aproximación más equilibrada, más conciliatoria, y por último, más saludable. Y no creemos que por utilizar las facultades concedidas bajo el indulto a su sociedad [N del T. The Latin Mass Society of England and Wales] se esté renunciando a algo. Por el contrario, al obtener incluso una limitada restauración del rito tridentino para el honor de la celebración pública en sus iglesias, The Latin Mass Society ha, en nuestra opinión, apuntado a algo de vital importancia.

No existe justificación para suprimir el rito antiguo.

Confirmaciones conferidas por S.E.R Cardenal Raymond Leo Burke
(LMS)

Es, como ustedes saben, nuestra convicción común, que el rito Tridentino no puede ser abrogado. Pero tampoco podemos negar el principio de la prerrogativa papal para reformar un rito –incluso uno que ha sido bendecido por la tradición y por la sangre de tantos mártires como el rito codificado por el papa San Pío V. Ahora bien, los reformadores dirán que el nuevo Ordo Missae no constituye un quiebre con la tradición litúrgica de la Iglesia – que no es, de hecho, un “rito nuevo”, sino que meramente una versión actualizada del más que milenario Ordo de la Misa de la Iglesia Latina. Sin embargo, la credibilidad de esa sola afirmación se encuentra inseparablemente vinculada con la actitud de la jerarquía con este Ordo antiguo – y creo que el Indulto representa el primer reconocimiento tácito de que esto es así. En otras palabras, que por cualquier acto de hostilidad hacia el rito antiguo los reformadores mismos sembraron la duda sobre la ortodoxia del nuevo. Por cuanto, si el nuevo rito contiene el mismo concepto de Santa Misa que aquel profesado en el Concilio de Trento, entonces no existe ni la necesidad ni la justificación para suprimir el rito antiguo que fue “Ex decreto Sacrosanti Concilii Tridentini restitutum”. Sería entonces tanto suficiente como apropiado ofrecer a la Iglesia el nuevo rito como una alternativa legítima, y asegurar –como hizo San Pío V que aquellos que lo usen permanezcan libres de la censura episcopal, así como aquellos que permanecen fieles al rito antiguo.

Aquella coexistencia pacífica de diferentes ritos legítimos siempre ha sido parte integral de la vida litúrgica de la Iglesia. Y ha sido reafirmado tan recientemente como este año, cuando la Santa Sede rechazó las propuestas de suprimir el rito ambrosiano en Italia y el rito de Braga en Portugal. Ambos ritos fueron, en cambio, formalmente reconfirmados como legítimos para los sacerdotes pertenecientes a las respectivas diócesis. Al mismo tiempo, el uso del nuevo Misal Romano como una alternativa fue generalmente autorizado. Los intentos para suprimir el rito tridentino no pueden, en consecuencia, ser justificados con el argumento espurio de que la coexistencia de dos ritos diferentes en la Iglesia Latina acarrearía el germen de división en las parroquias. En nuestros tiempos de delirante pluralismo litúrgico, esta línea de argumentación es simplemente un insulto para la inteligencia de la feligresía.

¿Parte de un diseño general?

Celebración de la Santa Misa
(LMS)

Nos queda entonces una pregunta profundamente perturbadora: Aquellos que quieren obligar el uso exclusivo del nuevo rito ¿Lo hacen quizás porque para ellos este nuevo rito representa un concepto de Santa Misa que es esencialmente diferente de aquel que la teología católica ha evolucionado a lo largo de los siglos y al cual tanto el Concilio de Trento como el Vaticano II han conferido solemne aprobación y autoridad? Aún peor, donde la supresión del rito antiguo ha sido establecida y mantenida a pesar de nuestras legítimas protestas ¿No nos encontramos en la obligación de sospechar que la obligatoriedad del nuevo rito es, finalmente, parte de un diseño general para deshacerse de la doctrina eucarística tradicional y auténtica de la Iglesia?

Aquellos que han estudiado la más reciente alocución de nuestro Santo Padre –del 1 de marzo sobre piedad eucarística y adoración no tendrán ninguna duda que este punto vital de la enseñanza auténtica de la Iglesia no ha cambiado. Pero en la medida que el rito tridentino permanezca objeto de represión, incluso la repetida reafirmación de la enseñanza eucarística tradicional del mismo Papa no es suficiente para sanar la herida de la duda que ha sido infligida en el cuerpo místico de Cristo. Es por esto que el Indulto concedido para Inglaterra y Gales aparece que tuviera tan grande trascendencia. Nos parece que el reconocer verbalmente la doctrina tradicional de la Misa no es realmente convincente si esta no está asociada a la restauración del rito tradicional de la Misa. Es cierto –el Indulto como está establecido es un primer y, en efecto, imperfecto paso. Pero hasta que se pruebe lo contrario debemos esperar –y rezar para que sea un paso en la dirección correcta.

Y ya que su Sociedad mantuvo con gran energía su posición acerca del derecho inalienable de cada sacerdote a permanecer fiel al Ordo tridentino de la Misa, el uso del cual ahora se permite de acuerdo al Indulto no compromete esta posición básica. Nosotros, desde el extranjero, consideraríamos como una clara falta de ayuda para nuestra causa común si acaso su Sociedad no hubiera, bajo los términos del Indulto, intentado tener tantas Misas tridentinas celebradas públicamente como fuera posible en sus iglesias. También sabemos que, al mismo tiempo, su Sociedad no cesó en trabajar por una gradual relajación de los términos restrictivos bajo los cuales el Indulto está redactado. Para obtener esto, sus representantes debieron involucrarse en lo que hoy en día se conoce como “diálogo” con la jerarquía inglesa. Nos resultaría infinitamente triste que este diálogo se convirtiera en estéril a causa de ciertas posiciones adoptadas dentro de su Sociedad que los obispos, por simple amor propio, no pudieran tolerar.

Caridad mutua y sincero respeto.

Peregrinación Tradicional al Santuario de Walsingham
(LMS)

En consecuencia, hemos visto con compasión la propuesta de su presidente que, aquellos que sostengan que el nuevo rito es intrínsecamente inválido deben ser excluidos de la dirección de su Sociedad. Yo uso conscientemente la palabra compasión, porque nosotros somos muy cercanos con el sufrimiento que inevitablemente causan tales diferencias profundas relacionadas con el acto más sagrado en la vida de la Iglesia. En otros países, aquellos que sienten en conciencia la obligación de rechazar el nuevo rito de la Misa han abandonado los grupos a los que pertenecían y han creado sus propias organizaciones. En algunos casos, estas divisiones han sido infelizmente acompañadas por una acrimonia recíproca. Nosotros, en consecuencia, esperamos y rogamos porque si dicho éxodo de parte de sus miembros puede haber resultado necesario, su innato sentido de fair-play los ayudará a desarrollar esta operación con caridad mutua y en sincero respeto por las convicciones profundamente sostenidas por cada uno.

Quisiera terminar con una sugerencia personal. Estaré presentando ésta a todas las asociaciones federadas en Una Voce, pero es más que adecuado que esta sea mencionada por primera vez acá en Inglaterra, el país de los Cuarenta Mártires que rindieron su vida por el Santo sacrificio de la Misa.

Recemos diariamente la oración para la Fiesta de San Pío V. Aprendamos de memoria –si es posible en Latín esta oración, de modo que podamos rezarla habitualmente durante el día, y así mundialmente y al unísono incesantemente imploremos al Todopoderoso “que lance a los enemigos de Su Iglesia y restaure la belleza de Su culto a través de la intercesión de este Santo Pontífice.

Nota de la Redacción: Los énfasis en negritas son del Dr. de Saventhem.

domingo, 20 de mayo de 2018

Ornamentos papales (x): las mulas y pantuflas papales

Corresponde hoy referirse al calzado que históricamente ha utilizado el Papa. Además de las sandalias propias de las funciones litúrgicas, el Santo Padre usaba unas mulas y unas pantuflas o zapatillas papales como parte de su calzado cotidiano. 

Las mulas papales

Mulas papales es el nombre que reciben los zapatos usados por el Papa en exteriores. Ellas son uno de los pocos vestigios (junto con el camauro, el saturno, la muceta y el tabarro) del antiguo color característico de las vestimentas usadas por el Romano Pontífice como distintivo de su ministerio. El cambio se produjo en 1566 al asumir el solio pontificio Antonio Michele Ghislieri (1504-1572), quien adoptó el nombre de Pío V. El cardenal Ghislieri era dominico y, ya como Papa, fue quien impuso el blanco, propio del hábito de la Orden de Predicadores, como el color de la sotana que desde entonces ha llevado el Santo Padre. Las mulas permanecieron de colo rojo, que representa la sangre y es símbolo de la aceptación de todo sucesor de Pedro de seguir su ejemplo hasta el final, incluido el martirio si es el caso. 

San Pío X

Originalmente confeccionados en satén o terciopelo rojo, hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX las mulas comenzaron a ser fabricadas en tafilete de igual color.  Sobre el empeine tenían una gran cruz bordada en hilo de oro. Hasta el siglo XVIII, esa cruz cubría casi toda la parte frontal e incluso remataba en la suela. Con el tiempo fue reduciéndose de tamaño. En 1958, poco después del comienzo de su pontificado, San Juan XXIII reemplazó la cruz por una hebilla dorada, como ya existía en los zapatos de los cardenales. En 1969, el beato Pablo VI eliminó en general este adorno como ornamento del calzado prelaticio, aunque siguió vistiendo las mulas de tafilete rojo hasta su muerte. 

El beato Pablo VI durante su visita a Éfeso
(Foto: ABC)

Juan Pablo I continúo usando unas mulas de cuero rojo similares a las de su antecesor. Distinto fue el caso de San Juan Pablo II, que introdujo algunas modificaciones en el calzado habitual del Papa. Aunque en un comienzo usó igualmente las mulas rojas, poco a poco empezó a vestir unos mocasines con un color más semejante al marrón, los cuales eran mandados traer desde Polonia. Durante su funeral, el cuerpo del Santo Padre fue vestido con los ornamentos pontificales y mulas rojas. 

San Juan Pablo II
(Foto: Juan Pablo II)

Desde el comienzo de su pontificado, Benedicto XVI reintrodujo ciertas vestimentas papales en desuso de hace mucho tiempo, como ocurría con el saturno (visto por última vez cuando San Juan Pablo II lo uso durante su visita a México) o el camauro (que no se veía desde San Juan XXIII). Una de ellas fueron las mulas carmesí, que esta vez se encargaron al artesano Adriano Stefanelli de la ciudad de Novara.  Más tarde, el Papa mandó hacer un par al zapatero Antonio Arellano, cuyo taller se encuentra en la Vía de Falco, en pleno Borgo Pío. 

Mulas usadas por Benedicto XVI

El papa Francisco dejó de lado la costumbre de usar las mulas de cuero rojo y ha seguido empleado los zapatos negros que vestía en Argentina. Desde que era Rector del Colegio Máximo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio encargaba y reparaba sus zapatos con el artesano bonaerense Carlos Samaría. Por expreso pedido del cliente, se trata de unos zapatos de corte sencillo, hechos en piel de becerro negro, con capellada lisa y sin firuletes. Posteriormente, Francisco ha comprado también zapatos en una tienda ortopédica cercana al Vaticano. Ellos le ayudan a sobrellevar la neuralgia crónica al nervio ciático de la que padece hace años. Con todo, el uso de zapatos negros no era desconocido. Ya el periódico La Vanguardia Española reportaba en 1959 que San Juan XXIII había sido visto vistiendo un calzado de esa clase durante sus paseos por los Jardines Vaticanos. 

Francisco

Las pantuflas o zapatillas papales

Las pantuflas o zapatillas papales son el calzado litúrgico cotidiano del Papa al interior de sus aposentos. Ellas tienen la apariencia de una chinela o zapato ligero sin orejas ni talón, de estructura flexible para brindar comodidad, y confeccionada en seda o satén de color rojo o blanco, con una cruz dorada bordada y decorada con piedras preciosas sobre el empeine. En un principio, estas zapatillas eran fabricadas con una suela muy delgada, de donde proviene el nombre de pantofola levis, aunque había también modelo de invierno con forro interior de lana de cordero. Como ocurría en general con los nobles, dentro de las residencias no se usaban zapatos sino este calzado más liviano y cómodo, a veces forrado para mantener el calor de los pies. De hecho, el uso profano se ha conservado hasta el día de hoy con aquellas pantuflas conocidas como slippers

 Pantufla papal de verano perteneciente al beato Pío IX

Pantuflas papales de invierno pertenecientes a San Pío X

Pío XI

San Juan XXIII

El beato Pablo VI

La  cruz  que decoraba las pantuflas papales estaba ahí para ser adorada por los fieles que, postrados ante el trono, besaban el pie del Papa en señal de respeto. Esta costumbre es muy antigua y data del siglo VIII. En 709 ocupaba el solio pontificio Constantino (708-715), quien era de origen sirio. Ese año tuvo lugar na disputa con el nuevo arzobispo de Rávena, Félix: éste rehusaba prestar el juramento de obediencia al Santo Padre, así como llevar a cabo otros actos de sumisión al primado de Pedro. Félix tampoco tuvo buenas relaciones con el emperador Justiniano II, quien no sólo lo había exiliado, sino que incluso ordenó que como castigo le fueran sacados los ojos. Félix se reconcilió con Gregorio II, sucesor de Constantino, en 723 y murió en plena comunión con Roma. De 710 a 711 Constantino realizó un viaje a Oriente, por invitación especial del emperador de Bizancio, ya que era necesario acordar los cánones disciplinares y rituales impuestos por el concilio Quinisexto (692). La visita que el Papa realizó, en lugar de ser el fracaso que muchos esperaban, tuvo un éxito insospechado, ya que fue objeto de una gran acogida por dondequiera que estuvo. Su diácono, Gregorio, logró llevar a cabo en Nicomedia diversos acuerdos. Fue Justiniano II quien decidió besar los pies al Papa, al recibir de parte del Vicario de Cristo la comunión y la absolución, a la vez que publicó un decreto que confirmaba algunos privilegios a la Iglesia de Roma aun sobre Rávena. La costumbre se impuso, siendo desde entonces el besapiés un rito característico de los peregrinos que visitaban al Papa, como se lee, por ejemplo, en Historia de un alma de Santa Teresita de Lisieux. El beato Pablo VI eliminó esta práctica, que podía tener un sentido equívoco respecto del real significado del Papa en la Iglesia. La costumbre todavía permanece con la estatua de San Pedro que se encuentra en el costado derecho de la Basílica Vaticana. 

Besapiés a León XIII 

Las sandalias litúrgicas

Los dos tipos de calzado recién referidos no deben confundirse con las sandalias litúrgicas, que forman parte de las ornamentos pontificales de la Iglesia latina y de las que ya hemos tratado en una entrada anterior. Ellas forman parte de las insignias con que se reviste el Papa y el resto de los obispos cuando celebra Misa conforme al rito pontifical. En general son del mismo color que el resto de los ornamentos, salvo en el caso del negro en que ellas no se usan. La diferencia de las sandalias papales respecto a las episcopales es que las del Santo Padre llevaban una cruz de oro bordada en el empeine, como ocurre con las pantuflas papales. 

La desaparición de las sandalias litúrgicas se produjo con el Ceremonial de los obispos de 1984, donde ya no se las mencionan como parte de las insignias pontificales. Por el contrario, en la instrucción Pontificales ritus, de 21 de junio de 1968, y que estaba destinada a simplificar los ritos e insignias propias del obispo y otros prelados equiparados siguiendo las indicaciones de los padres conciliares, las sandalias todavía figuran en calidad de facultativas. En la forma extraordinaria, su uso se conserva. 

viernes, 18 de mayo de 2018

In Memoriam Cardenal Darío Castrillón Hoyos

Ha fallecido en Roma en la madrugada de hoy, 18 de mayo, el Cardenal Darío Castrillón Hoyos (1929-2018), quien asumiera, entre otras importantes responsabilidades pastorales y de la curia romana, la presidencia de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei entre los años 2000 y 2009.

Cardenal Darío Castrillón Hoyos

El Cardenal Castrillón Hoyos nació el 4 de julio de 1929 en Medellín, Colombia, hijo de don Manuel Castrillón Castrillón y doña María Hoyos Salas. Estudió en los seminarios de Antioquía y de Santa Rosa de Osos, para luego continuar sus estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo su doctorado en Derecho Canónico, y cursó estudios de sociología en la Universidad de Lovaina, Bélgica. Fue ordenado sacerdote por Monseñor Alfonso Carinci el día 26 de octubre de 1952 en la Basílica de los Santos Apóstoles de Roma, incardinándose para la diócesis de Santa Rosa de Osos. Se desempeñó inicialmente en diversas labores como vicario parroquial y colaboró con diversas iniciativas diocesanas, como director de los Cursillos de Cristiandad, la juventud obrera católica y la Legión de María.

En 1966, fue nombrado secretario general de la Conferencia Episcopal colombiana, asumiendo además el cargo de catedrático de Derecho Canónico en la Universidad Libre con sede en Bogotá. Asimismo, participó como delegado en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Medellín, el año 1968.

Su Eminencia celebrando Misa Pontifical

El 2 de junio de 1971 el papa Pablo VI lo nombra obispo titular de Villa del Re y obispo coadjutor, con derecho a sucesión, de la Diócesis de Pereira. Fue consagrado obispo el 18 de julio de ese mismo año por Angelo Palmas, entonces nuncio de Su Santidad en Colombia. Asumió como obispo de Pereira el 1 de julio de 1976. En 1979 participó en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Puebla. Fue secretario general del CELAM desde 1983 hasta 1987 y presidente del mismo organismo desde ese año hasta 1991 y colaborando en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Santo Domingo (1992). Destacó en todos sus encargos un estricto apego a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, aún en medio de los aires de cambio y progresismo dominantes en la época.

El 16 de diciembre de 1992 fue promovido a la sede metropolitana de Bucaramanga como su arzobispo. En tales años, asumió una lucha frontal contra el narcotráfico y el terrorismo imperantes en dicho país, denunciando las atrocidades cometidas por todos los grupos guerrilleros de entonces. Popularmente conocida es la acción que desarrolló en la escena política colombiana, ya que emprendía largas caminatas por la montaña para visitar a líderes guerrilleros con el fin de explicarles las bondades de deponer su acción violentista. Se dice que incluso visitó disfrazado a Pablo Escobar, para convencerlo de entregarse a la justicia.

Su Eminencia recibiendo la birreta cardenalicia de manos de San Juan Pablo II

El 15 de junio de 1996, el papa San Juan Pablo II lo nombra Pro-prefecto de la Congregación para el Clero, por lo que renuncia al gobierno de su arquidiócesis el 15 de junio de 1996. Dos años más tarde, el 21 de febrero de 1998, fue creado cardenal en el séptimo Consistorio de San Juan Pablo II, recibiendo la diaconía del Santísimo Nombre de María en el Foro Trajano, y nombrado Prefecto de la Congregación para el Clero. Como prefecto impulsó la modernización tecnológica de su dicasterio, promoviendo iniciativas como la página clerus.org y “bibliaclerus”. En otras responsabilidades encomendadas por el Papa San Juan Pablo II, se le encomendó servir como enviado especial de Su Santidad para la firma del Acuerdo Definitivo entre Perú y Ecuador para resolver su disputa fronteriza en Brasilia el 26 de octubre de 1998.

El 14 de abril de 2000 fue nombrado por el papa San Juan Pablo II como presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei. Bajo su administración se promulgó el Motu Proprio Summorum Pontificum de S.S. Benedicto XVI, el cual permitió la libertad del uso del Misal y los demás libros litúrgicos editados el año 1962, reconociendo que el rito romano nunca había sido abrogado. Durante esos años, realizó una infatigable labor por lograr un acuerdo práctico para regularizar la situación canónica de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, así como servir de pastor y vínculo con la curia vaticana de numerosas agrupaciones religiosas surgidas al alero de la Pontificia Comisión que él presidía.

Su Eminencia celebrando Misa Tradicional

Su actividad no estuvo restringida solamente a la vida de la curia vaticana, sino que continuó sirviendo como representante de Su Santidad en diversos eventos de la vida de la Iglesia hispanoamericana. En nuestro medio, valga recordar su misión como enviado especial del Papa San Juan Pablo II para la clausura del Congreso Eucarístico Nacional en Chile y la dedicación de la nueva Catedral en la diócesis de San Bernardo, el mes de noviembre del año 2000.

El 8 de julio de 2009, el Santo Padre Benedicto XVI, acepta su renuncia como presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei por motivos de edad, tras haber cumplido 80 años de edad el 4 de julio, sucediéndole el Cardenal William Joseph Levada. Tras su retiro de la actividad pública, permaneció residiendo en la ciudad del Vaticano, donde falleció en la madrugada del pasado 17 de mayo, a sus 88 años, producto de problemas hepáticos y dolencias propias de su avanzada edad.


Como Asociación nos sumamos a las muestras de pesar suscitadas con ocasión de su fallecimiento y nos adherimos con nuestras oraciones en sufragio del alma de un pastor que dedicó tantos esfuerzos por el reconocimiento del debido lugar de la Santa Misa tradicional en la vida de la Iglesia. Que el Señor reconforte a sus seres más queridos, y que a él lo recompense abundantemente y le conceda la Gloria de la visión beatífica. Requiescat in Pace. Amen.

jueves, 17 de mayo de 2018

Liturgia y obviedad

Ofrecemos a continuación a nuestros lectores un nuevo artículo de opinión del Prof. Augusto Merino Medina, en el cual el autor prosigue su reflexión crítica personal acerca de la reforma litúrgica posconciliar, en especial respecto del Novus Ordo Missae.


El autor
(Foto: pantallazo Youtube)

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La tentación de lo obvio en la liturgia

Augusto Merino Medina

La liturgia reformada tiene sólo cincuenta años de existencia. Si se considera el conjunto de la historia de la Iglesia y la larga extensión de sus períodos de estabilidad litúrgica, parece que se trata de una realidad novísima que, por lo mismo, no ha calado todavía muy hondo. Esto podría traer algún consuelo a quienes consideramos que, más que una “reforma”, lo que se ha hecho con la liturgia católica después del Concilio Vaticano II ha sido deformarla y degradarla de un modo absolutamente inaudito, y que una vuelta atrás, una debida restauración, podría no ser tan difícil, después de todo. Pero vuelve al ánimo la zozobra cuando se piensa que el ritmo de los hechos históricos y de las transformaciones culturales se ha acelerado hoy como nunca antes en la vida humana desde que hay registros. Y ello explica que, en cincuenta años, dicha “reforma” haya penetrado profundamente en los fieles, hasta el punto de que ha pasado a constituir el sentido común litúrgico en nuestros días.

Luchar contra el sentido común es arduo, y aquí revisaremos dos ideas corrientes que, profundamente erradas como son, lo expresan y traducen. Propóngase el tema a cualquier católico, incluso medianamente educado, y se verá qué es lo que le resulta obvio en cada caso.

Veamos, primero, lo relativo al uso del vernáculo. Sería excepcionalmente raro encontrar un asistente a la Misa de Pablo VI que no piense que el uso del idioma vernáculo es una de las mayores ventajas de la “reforma”. Tal uso, sin embargo, resulta ser profundamente inconveniente, hasta el punto de constituir uno de los grandes responsables de la actual ruina litúrgica.

Porque, en efecto, la introducción del vernáculo (que el propio Concilio autorizó sólo excepcionalmente, recomendando la mantención del latín) ha facilitado la extensión de la mayor de las plagas de la “reforma”, la pérdida del sentido de lo sagrado y la secularización de la liturgia. Ambas cosas son columnas angulares del proyecto modernista de destrucción de la liturgia y, con ella, de la fe católica (la efectividad de esta secuencia ya está demostrada con creces en los últimos cincuenta años). Con el pretexto de que el pueblo de Dios debe “comprender” lo que se dice y hace en la liturgia para poder adherir a los sagrados ritos y vivirlos intensamente, se ha tirado por la borda un elemento claramente presente en todas las grandes religiones, el uso de una lengua sagrada, que es uno de los mayores baluartes de la tradición.

Pero el modernismo considera precisamente a la tradición como su mayor enemigo, y por eso apuntó, desde el primer momento, a destruirla de raíz usando un argumento -la comprensibilidad de las palabras- que parece inobjetable. La verdad, por cierto, es que el uso del vernáculo no ha aumentado ni un ápice la “comprensión” de lo que tiene lugar en la liturgia, especialmente en la Misa, sino que, por el contrario, la ha disminuido hasta el punto de que, por lo general, ni clero ni fieles tienen hoy un concepto católico de ella. Es más: para el católico corriente de hoy, el uso del vernáculo es, para usar términos que hoy son casi lo único intocable que va quedando, un “derecho humano” de los fieles. Hemos oído por ahí decir que la celebración de cara al pueblo, para que todos vean todo lo que se hace sobre el altar, y en lengua vernácula, para que nada de lo que se dice quede oculto a nadie, es lo único compatible con la democracia, actual “ídolo del foro”.

 Un obispo auxiliar norteamericano celebra una Misa versus populum en 1970

Como el valor de la democracia resulta ser “obvio” para todo el mundo, el cambio litúrgico ya está sólidamente abrochado para un largo, y aun larguísimo, futuro. Sin embargo, la necesidad más urgente de la corrupta liturgia de Pablo VI, es decir, la recuperación del sentido de lo sagrado, se ve obstaculizada gravemente por este sentido de lo “obvio”. Es esencial recobrar la idea de que la liturgia es culto de adoración que se dirige a Dios y no toda esa serie de cosas que hoy se enseña al pueblo que es: celebración de la fe, fiesta de fraternidad y de caridad, momento semanal de reencuentro con el Señor, etc. etc. Cualquiera de estas finalidades se realiza inmejorablemente en lengua vernácula; pero ninguna de ellas es finalidad esencial de la liturgia.

La segunda idea que pasa por “obvia” entre los católicos actuales (clérigos y laicos) es que la participación “activa” a que aspiraba el Concilio consiste en la realización por los laicos de una serie de actividades y funciones que antes estaban reservadas al clero -cosa que, según la actual irracional valoración de la “inclusión”, parece intolerable-. Tales actividades son todas, naturalmente, exteriores y conllevan gran cantidad de movimientos físicos y desplazamientos, los que imprimen a la celebración litúrgica una “dinámica” que parece ser el desiderátum de los párrocos. Mientras más a voz en cuello se cante, mientras más invadan los laicos el presbiterio -hasta rodear tumultuosamente el altar-, mientras más gente se levante de los bancos para acarrear esto o lo otro, o para hablar en tales o cuales momentos, o para “animar” aquello y lo de más allá, más “participativa” parece la “asamblea”.

Esta actitud olvida del todo, por cierto, que la principal actividad que tiene lugar en la Misa -para ir a lo central-, el principal acto que tiene lugar en ella, no es un acto ni del sacerdote, ni de la asamblea, ni de ente alguno racional humano o angélico. No: es un acto de Nuestro Señor Jesucristo, y no un acto suyo cualquiera, sino el acto supremo de su vida, para el cual tomó carne: el ofrecimiento de su muerte en pago por nuestros pecados. Esa es la actividad de la Misa, ése es el acto primero y primordial. Es un acto de Dios. Pero, ¿y qué pasa entonces con la “asamblea” cantante, aplaudiente y ruidosa? Pues, pasa que lo que le corresponde hacer es asistir a ese acto de Dios del modo más recogido y reverente posible, contemplarlo, adherir espiritualmente a la acción redentora de la cual esa “asamblea” es beneficiaria. O sea, lo que le corresponde “hacer” a la “asamblea” es recibir el beneficio y dar gracias espiritualmente por él. Para lo cual lo que se requiere no es que se mueva en sus asientos o bata palmas, o circule de un lado para otro en el templo, sino que comprenda interiormente -no siempre de un modo racional o discursivo- lo que está teniendo lugar ante ella, realizado no por ella, sino para ella por Él.

La viejecita o el joven que, en tiempos pre-conciliares, seguían la Misa con su misal, lleno de buenas explicaciones, llevaban la “participación activa” a su máximo humanamente posible: era su alma la que se movía, no sus miembros corporales. Ese movimiento espiritual era el movimiento propiamente “humano” más excelso que se puede realizar por un miembro de la especie. Pero, claro, no es un acto “obvio”, no se ve con los ojos, ni se oye con los oídos. ¿Será esta explicación suficiente para que al clero, y en especial a los párrocos, les vuelva el alma al cuerpo y dejen de pensar que el sosiego litúrgico es ausencia, indiferencia, desinterés causado por su falta de celo -supuesto, claro, que hayan recuperado su preconciliar actividad catequística-? ¿Dejarán con esto los sacerdotes de creer que su papel es “presidir” una “asamblea” gesticulante, movediza y clamorosa, y se convencerán de que su papel es, más bien, desaparecer, en calidad de instrumentos racionales, para ser usados, sin el estorbo de sus personalidades e idiosincrasias, por el Señor?

Quisiéramos responder a estas preguntas, con todas las fuerzas de nuestra alma, con un “obvio”. Pero será lo que el Señor quiera, y cuando lo quiera.