martes, 30 de agosto de 2016

Robert Spaemann: “El problema más importante es el de la orientación del altar”

Compartimos con nuestros lectores una valiosa entrevista concedida por el Profesor Robert Spaemann, a quien hemos dedicado ya varias entradas y de quien puede decirse sin asomo de duda que es uno de los más grandes filósofos católicos de la posguerra, y el más importante de lengua alemana, probablemente junto con Josef Pieper

En la entrevista, el Profesor Spaemann se refiere a distintos temas litúrgicos, especialmente a la reforma litúrgica, el contraste entre la Misa tradicional y la reformada, a la práctica sacramental y al hoy candente asunto de la orientación litúrgica, entre otros temas.

La traducción del francés es de la Redacción y el original puede leerse aquí.

 Robert Spaemann


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Robert Spaemann: “El problema más importante es el de la orientación del altar”


Berlinés de origen, el profesor emérito de filosofía de la Universidad de Munich, Robert Spaemann es miembro de la Academia Pontificia por la Vida. Especialista en el pensamiento de Fénelon, autor de una famosa crítica de la utopía política y de numerosas obras de moral (entre las cuales está Felicidad y benevolencia, Presses Universitaires de France, 1997), es uno de los grandes amigos del Papa emérito Benedicto XVI. Recientemente se ha destacado por una intervención muy crítica de Amoris Laetitia. Aprovechamos estas vacaciones para ofrecer a ustedes las reflexiones sobre liturgia que ha confiado al P. Claude Barthe para la compilación de entrevistas Reconstruir la liturgia, publicada por las ediciones Francois-Xavier de Guibert en 1997, es decir, 10 años antes del motu proprio Summorum Pontificum. Spaemann aborda allí una cuestión, la de la orientación de la celebración, que acaba de ser objeto de una vigorosa y clara intervención por parte del Cardenal Sarah, ministro de liturgia del Papa Francisco, a la cual volveremos en nuestras próximas cartas (cartas 554, 555, 556, 557 y 558).

- A menudo usted se ha hecho eco del profundo descontento de los católicos insatisfechos por las nuevas formas cultuales, y ha contribuido a que una cantidad de ellos, en Alemania, cultiven hoy la liturgia tradicional.

Yo he subrayado que bastantes de aquéllos que están descontentos con la situación que encuentran en sus parroquias experimentan sentimientos ambivalentes cuando se les da la posibilidad de asistir a la Misa tradicional. Entre ellos se puede distinguir dos categorías: están lo que asisten a esta Misa por primera vez en su vida, y los que la conocieron en su infancia. Los primeros tienen que volver varias veces para acostumbrarse a la Misa tradicional, porque en un comienzo les parece absolutamente extraña con su latín, su canon recitado en voz baja; pero cuando perseveran, ya no pueden, desde entonces, prescindir de ella. Yo mismo he tenido la siguiente experiencia: la Misa nueva, al comienzo, no me ha chocado demasiado; pero luego, año tras año, comenzó a desagradarme cada vez más. En cambio, con la Misa tradicional, ocurre exactamente al revés. 

Pero lo que más me impacta es la reacción de las personas mayores, que tienen una especie de nostalgia de la antigua Misa. Las que vienen a una iglesia donde se la celebra reaccionan de dos maneras. Algunas están fascinadas y lloran de alegría; otras, al contrario, se sienten muy a disgusto y dicen: “¡No, no es posible, esto no se puede hacer!” […] Su reacción es decir: “¿Cómo es que estas personas siguen celebrando la Misa tradicional cuando somos nosotros quienes hemos tenido que pagar tal precio? Todo ha sido, entonces, inútil. Más valdría que hubiéramos seguido haciendo lo que ellos hacen ahora”. Y eso, no lo quieren aceptar. Puesto que han pagado el precio, quieren que las cosas cambien para todos. 

Dicho esto, hay que reconocer, por cierto, que la Misa tradicional no es ella misma una forma definitiva. Se puede desear que ella experimente ciertos cambios: desear, por ejemplo, que alguna vez en la vida se pueda recibir la santa comunión bajo las dos especies. A mí me parece que una cosa así va en el sentido de lo que ha querido el Señor.     

[…]

 Celebración ad Orientem  
(usus antiquior, diócesis de Speyer, Alemania, 2009)

- ¿Qué sugeriría usted para comenzar a modificar lo que les ha tocado, en materia litúrgica, a los fieles comunes y corrientes?

Yo creo que el problema más importante es el de la celebración versus populum. La Misa de cara al pueblo cambia muy profundamente el modo de vivir lo que está teniendo lugar. Se sabe, especialmente por los escritos de Mons. Klaus Gamber, que esta forma de celebración jamás existió de este modo en la Iglesia [1]. En la Antigüedad, ella tenía un sentido totalmente diferente. Al volverse de cara al pueblo, se tiene hoy la impresión de que el sacerdote dice oraciones para hacernos a nosotros orar, pero no se tiene la sensación de que él mismo ora. Yo no digo que no ore. 

Por lo demás, ocurre que algunos sacerdotes dicen la Misa coram populo orando visiblemente. Me acuerdo de Juan Pablo II: nunca se tuvo la impresión de que él se dirigiera al pueblo durante la Misa. Pero ello es algo difícil de lograr. He asistido a una procesión del Corpus Christi en la diócesis de Feldkirch, en Austria, presidida por el obispo, que es miembro del Opus Dei. Durante la detención en las estaciones, el obispo le daba la espalda a la custodia para decir las oraciones[2]. Yo me decía a mí mismo que si un niño viera aquello, no podría seguir creyendo que el Señor está presente en la santa hostia, porque él sabe muy bien, ese niñito, que cuando se le habla a alguien, no se le da la espalda. Cosas así son muy importantes. Puede que el niño estudie bien su catecismo, pero eso no sirve de nada si se le ofrece un espectáculo que lo contradice. Yo creo, pues, que lo primero que hay que hacer sería dar vuelta el altar. Eso me parece más importante que regresar al latín. Personalmente tengo muchas razones para preferir el latín, pero ésa no es la cuestión fundamental. Por mi parte, preferiría una Misa tradicional en alemán a una Misa nueva en latín.

[…]

- Usted decía, al comenzar, que la liturgia tridentina no tiene de por sí una forma definitiva: podría haber cambiado, y podrá cambiar.

Los cambios deben ser tan lentos y tan imperceptibles que cada cual, al llegar al fin de su vida, tenga la impresión de que sigue usando el mismo rito que en su infancia, aunque el rito haya cambiado. No sé si usted conoce la carta en que el cardenal Newman cuenta su primer viaje a Italia: entró una vez a la catedral de Milán y quedó impactado por la cantidad de ceremonias que se realizaba al mismo tiempo: por un lado, una pequeña procesión; Misas en los altares laterales; canónigos recitando el oficio en el coro. Se tenía la impresión de que cada uno se dedicaba a sus propios asuntos pero que, en el fondo, se trataba en todos ellos de lo mismo. Newman quedó maravillado por esta forma de pluralidad, porque en Inglaterra, donde la influencia protestante era más poderosa, todo el mundo tenía que hacer lo mismo al mismo tiempo.

 El Cardenal Newman (retrato de John Everett Millais)

- ¡La libertad católica! ¿Es usted entonces partidario de una participación diferenciada?

Creo, en efecto, que es importante que haya diferentes posibilidades de participar en la Santa Misa. Y para comenzar, me parece un escándalo ver que en todas las Misas comulgan todos los fieles, porque es imposible suponer que cada uno de ellos pueda pensar que está en estado de gracia y con las buenas disposiciones para comulgar. Cuando se hace la pregunta hoy día de si se debería invitar a los protestantes a practicar la intercomunión con nosotros, nadie habla jamás de la confesión para ellos [3]. Puede que alguien permanezca toda su vida en estado de gracia, pero no es algo que se pueda suponer.  Y es algo de lo que nadie habla. Se debería poder asistir a la Misa sin comulgar. Y en esa materia, me parece a mí, personalmente, que quienes estiman que pueden ir siempre a comulgar, deberían algunas veces, por ejemplo, una vez al mes, abstenerse en consideración a los otros, para que la abstención sea posible. Y si alguien me objeta: “Necesito imperativamente recibir la comunión”, le contestaría: “Comulgue el lunes”. Los que tienen verdaderamente necesidad de comulgar con frecuencia asisten a Misa durante la semana. Si no van a Misa en la semana, no pueden decir que tienen una absoluta necesidad de comulgar.

Es necesario que se pueda participar más o participar menos en la Misa. Por ejemplo, cerca de la puerta está el lugar del publicano. Y este lugar hay que respetarlo, sin que quien lo ocupa se sienta obligado a decir nada, ni tampoco obligado a escuchar lo que se dice por el micrófono. Conocí una joven no católica  que se sentía muy atraída por la Iglesia. Pero cuando entraba en una iglesia y veía los micrófonos puestos sobre el altar, se resistía a dar el paso. Y decía: “Si hay allí un micrófono, es que no es algo serio, porque Dios no tiene necesidad de micrófonos para oírme”. Es muy importante que se sepa que en la iglesia es a Dios a quien se habla.

Sí: hay una falta de libertad en la liturgia actual, y ello es incluso una de las características de la Iglesia de hoy.

Notas: 

[1]Gamber, Klaus, Tournés vers le Seigneur, [Vueltos hacia el Señor], Editions Sainte-Madeleine, 1993. Mons Gamber y Joseph Ratzinger eran profesores de la Universidad de Ratisbona en la época de la reforma litúrgica, mal soportada por ambos.

[2] En el rito tradicional, el celebrante no da la espalda a la custodia ni siquiera para las “salutaciones” al pueblo (Dominus vobiscum, etcétera), sino que se pone de costado.

[3] Cosa permitida hoy por el canon 844 § 4 CIC, con ciertas condiciones. Dice esta norma: "Si hay peligro de muerte o, a juicio del Obispo diocesano o de la Conferencia Episcopal, urge otra necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar lícitamente esos mismos sacramentos también a los demás cristianos que no están en comunión plena con la Iglesia católica, cuando éstos no puedan acudir a un ministro de su propia comunidad y lo pidan espontáneamente, con tal de que profesen la fe católica respecto a esos sacramentos y estén bien dispuestos".

sábado, 27 de agosto de 2016

La sotana

La sotana es una vestidura talar de mangas largas y abrochada generalmente de arriba abajo, cuyo nombre proviene del latín subtana, o subtanea, de subtus, que significa debajo. Hoy es conocida como la vestimenta más característica que usan los eclesiásticos y los legos que sirven en las funciones de iglesia (sacristanes, coristas y monaguillos). En una época fue empleada también por los estudiantes de las universidades, de donde quedan como relicto las togas propias del traje académico.

El actor Fernandel interpretando a Don Camilo

Antecedentes históricos

Originalmente, los miembros del clero vestían las mismas ropas que los laicos, cuya indumentaria se componía de túnica y manto. Las pinturas de las catacumbas muestran que en un principio en nada se diferenciaba el vestido de los ministros de culto de los que simples fieles que asistían, y así continúo durante siglos, incluso después de la paz constantiniana. Por eso, cuando en las Galias se introdujo alguna forma particular para el traje eclesiástico, tal novedad extraña fue censurada por el papa Celestino I (422-432), porque el clérigo debe distinguirse ciertamente de los demás, pero por su doctrina y no por sus vestidos. Se comprende, en cambio, que los ministros usasen en el culto trajes mejores por reverencia a los sagrados misterios y en atención a la comunidad cristiana, como atestiguan una serie de fuentes de la época. Ese es el origen de las vestiduras sagradas. 

Sin embargo, a partir del siglo VI, cuando los laicos comenzaron a abandonar las túnicas largas y anchas de los antiguos romanos para adoptar los vestidos coros y estrechos de los bárbaros, la Iglesia prescribió que el clero continuase usando por decencia un traje largo que fuese a la vez serio, simple y austero como las antiguas vestimentas. El primer documento en esta materia data de 572 y proviene del Concilio de Braga. Entre el siglo VI y el VIII, los testimonios escritos muestran que el uso de la vestidura clerical se convirtió paulatinamente en obligatorio. Al principio, los colores no estaban unificados, existiendo muchos y diversas tonalidades. El color negro fue el que finalmente predominó por una razón esencial: se trata de un color que expresa solemnidad y seriedad. Frente a la opción del negro, el blanco hubiera podido también predominar dado que es el color de la lana sin tintes, pero tenía un problema: cualquier mancha se ve con facilidad. Y, aunque se lave una y otra vez, el uso deja restos de las antiguas manchas. Por eso el blanco se reservó para las funciones litúrgicas desde el principio, y para la vida ordinaria el negro acabó prevaleciendo, sobre todo en el clero secular. Como fuere, las dos tendencias que hoy día existen entre los que prefieren vestir a semejanza de los laicos y los que prefieren vestir como clérigos, son dos tendencias que las encontramos no ya desde la Edad Media, sino que es posible rastrearla desde la Edad Antigua. Desde que el hábito eclesiástico se hizo obligatorio, encontramos a sacerdotes y aun obispos que han vestido como laicos, en más o en menos ocasiones. 

Desde el siglo XI, el traje eclesiástico sufrió las modificaciones en su forma y color que le dieron la fisonomía con que hoy la conocemos. En un comienzo, el hábito eclesiástico era una túnica sin botones semejante a aquellas de la antigua Roma. Muy a menudo estaba acompañada con cinturón de cuero con hebilla que la ceñía al cuerpo y facilitaba los movimientos de quien la vestía. Los botones que recorren la sotana de arriba abajo, predominaron a partir del siglo XIV y XV. Donde sí hubo diferencias geográficas fue en el corte de la sotana, pudiendo distinguirse un modelo romano, galicano e hispano. 

Hasta el siglo XIV, en la vestidura clerical no existía el alzacuellos. Pero a partir de entonces, las camisas comenzaron a dejar ver su parte superior por encima del hábito. Al principio, sobresalía el cuello de la camisa blanca sin solapas. Después, cuando ya hubo solapas como las actuales, éstas o sobresalían verticales (cerradas por un botón) más allá de donde acaba el hábito, o bien caían hacia abajo por encima del hábito. Las solapas que caían sobre el hábito evolucionaron hasta el siglo XVII tomando una forma amplia y redoblada que cae sobre la sotana. Comenzó enseguida el proceso inverso, reduciéndose en los siglos posteriores. En Francia se conservó un recuerdo de esas solapas más anchas en la forma llamada rabat, con los dos apéndices rectangulares pendientes sobre el pecho. Las solapas verticales evolucionaron hasta formar el alzacuellos. El alzacuellos se formó como prenda aparte, porque era mucho más fácil lavar la parte del cuello si ésta era una prenda independiente. Cabe recordar que, en otras épocas, las camisas no se lavaban diariamente y un clérigo humilde poseía pocas camisas. Un párroco de pueblo del siglo XVII podría tener cuatro camisas y una sola sotana. Un clérigo de baja posición no tenía tres o cuatro sotanas, sino uno sola que se remendaba las veces que hiciera falta. De ahí la necesidad de contar con piezas que pudieran cambiarse o alternarse con mayor facilidad. 

 San Juan Bautista de la Salle con el rabat blanco que forma parte del hábito 
tradicional del Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas por él fundado.

 Retrato de Édouard Manet de un clérigo con el rabat

Aunque el uso del hábito eclesiástico ha sido habitual desde el siglo VII , ya se ha dicho que siempre ha habido clérigos que han deseado vestir de un modo secular. Aunque normalmente estos casos han sido excepcionales, siempre ha existido el deseo de secularizar el hábito eclesiástico. Por ejemplo, hay testimonios desde el siglo XVII reprobando el uso de sotanas cortas que llegaban sólo hasta la rodilla. Esta lucha entre la secularización del hábito eclesiástico y el mantenimiento del estilo eclesiástico por encima de toda moda mundana, también se puede rastrear en toda época. Incluso en la Edad Media hay obispos que vestían más como caballeros que como prelados, lo que en dio paso en los siglos siguientes al llamado hábito corto o de abate que Pío IX sustituyó en 1851 por el que desde entonces se conoce como hábito piano. En dicha indumentaria, la parte superior era igual que la de la sotana, con su alzacuellos o su babero. Pero la sotana había sido sustituida por una especie de chaleco que llegaba sólo hasta la cintura, a partir de la cual eran visibles unos calzones cortos que acababan en calzas negras. Encima del chaleco, se llevaba una casaca. Este hábito corto fue desapareciendo paulatinamente durante el siglo XIX.

 Ilustración de un clérigo de hábito corto
 
Retrato de un obispo llevando el hábito corto
(New Liturgical Movement)

Así pues, desde inicios del siglo XX se generalizó el uso exclusivo del traje talar, salvo en los países anglosajones donde se adoptó la levita o la sotanilla, que en hacia mediados del siglo se transformó en traje de caballero con peto negro o plastrón y alzacuello entero a la vista. Este es el origen del clériman (también escrito clergyman), que se popularizó por todo el mundo a partir de la década de 1960. En algunos casos, el uso del clériman se impuso debidos a las persecuciones que sufría la Iglesia. 


S.E.R. Emanuel Palomar Azpeita, Obispo de Tepic, Mexico, regresa al país en 1929 acompañado de 27 sacerdotes de su presbiterio. Al igual que muchos otros eclesiásticos, habían sido deportados por el gobierno mexicano en 1926 y vivieron en el exilio por tres años en la ciudad estadounidense de Los Ángeles

Quizá el hecho que desencadenó la preponderancia del clériman fue la orden dada el 29 de junio de 1962 por S.E.R. Maurice Feltin, arzobispo de París, para que los sacerdotes de su diócesis dejasen de usar la sotana en condiciones normales. Fue el primer prelado del mundo en hacerlo. Su decisión no se presentó como doctrinal o moral, sino pastoral. Paulatinamente, el uso del traje eclesiástico comenzó a desparecer, experimentándose en los últimos años una creciente reaparición

 Modelos de clergyman en un catálogo de vestimenta eclesiástica de 1966

La disciplina actual

Tanto el Código de Derecho Canónico de 1917 como el de 1983 imponen a los clérigos la obligación de vestir un traje eclesiástico digno, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal respectiva y por las costumbres del país (cánones 136 y 284, respectivamente). Esta norma no se aplica, empero, a los diáconos permanentes (canon 288 CIC).

En el caso de Chile, la Legislación complementaria de la Conferencia Episcopal al Código de Derecho Canónico (4ª ed., 2006), establece la siguiente disposición: 

Exhortamos a los clérigos a acoger con fidelidad lo dispuesto por el Código de Derecho Canónico en lo que se refiere al traje eclesiástico (canon 284). Es conveniente que a la disposición interior corresponda un signo externo como es el traje. Por eso, establecemos como hábito eclesiástico en nuestro país:
- la sotana o el traje llamado “clergyman” o la camisa negra o gris con cuello romano, al menos para los actos oficiales.
- un traje sencillo y digno, con una cruz en la solapa, para el uso diario.

Por su parte, la Congregación para los clero aprobó en 2013 una nueva edición del Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, donde se dedica un apartado a la importancia y obligatoriedad del traje eclesiástico. Dice el núm. 61 de dicho documento: 

En una sociedad secularizada y tendencialmente materialista, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas y sobrenaturales, se siente particularmente la necesidad de que el presbítero —hombre de Dios, dispensador de Sus misterios— sea reconocible a los ojos de la comunidad, también por el vestido que lleva, como signo inequívoco de su dedicación y de la identidad de quien desempeña un ministerio público. El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por un modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel, más aún, por todo hombre, su identidad y su presencia a Dios y a la Iglesia.

El hábito talar es el signo exterior de una realidad interior: «de hecho, el sacerdote ya no se pertenece a sí mismo, sino que, por el carácter sacramental recibido (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, núm. 1563 y 1582), es “propiedad” de Dios. Este “ser de Otro” deben poder reconocerlo todos, gracias a un testimonio límpido. […] En el modo de pensar, de hablar, de juzgar los hechos del mundo, de servir y de amar, de relacionarse con las personas, incluso en el hábito, el sacerdote debe sacar fuerza profética de su pertenencia sacramental, de su ser profundo».

Por esta razón, el sacerdote, como el diácono transeúnte, debe:

a) llevar o el hábito talar o «un traje eclesiástico decoroso, según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal y según las legitimas costumbres locales». El traje, cuando es distinto del talar, debe ser diverso de la manera de vestir de los laicos y conforme a la dignidad y sacralidad de su ministerio; la forma y el color deben ser establecidos por la Conferencia Episcopal, siempre en armonía con las disposiciones de derecho universal;

b) por su incoherencia con el espíritu de tal disciplina, las praxis contrarias no se pueden considerar legítimas costumbres y deben ser removidas por la autoridad competente.

Exceptuando las situaciones del todo excepcionales, el no usar el traje eclesiástico por parte del clérigo puede manifestar un escaso sentido de la propia identidad de pastor, enteramente dedicado al servicio de la Iglesia.


Además, el hábito talar —también en la forma, el color y la dignidad— es especialmente oportuno, porque distingue claramente a los sacerdotes de los laicos y da a entender mejor el carácter sagrado de su ministerio, recordando al mismo presbítero que es siempre y en todo momento sacerdote, ordenado para servir, para enseñar, para guiar y para santificar las almas, principalmente mediante la celebración de los sacramentos y la predicación de la Palabra de Dios. Vestir el hábito clerical sirve asimismo como salvaguardia de la pobreza y la castidad.


El núm. 66 de la versión anterior de 1994 fue objeto de una Nota explicativa del Consejo Pontificio para la interpretación de los Textos Legislativos. En ella, después de aclarar que este artículo tiene la categoría de un decreto general ejecutorio y, por consiguiente, obliga jurídicamente, se dan los criterios de interpretación del canon 284 CIC a la luz del núm. 66 del  citado Directorio. En efecto, dicho número:

a) Recuerda, también con reenvíos a recientes enseñanzas del Magisterio pontificio en la materia, el fundamento doctrinal y las razones pastorales del uso del traje eclesiástico por parte de los ministros sagrados, como está prescrito en el can. 284;

b) determina más concretamente el modo de ejecución de tal ley universal sobre el uso del traje eclesiástico, y así: «cuando no es el talar, debe ser diverso de la manera de vestir de los laicos, y conforme a la dignidad y a la sacralidad del ministerio. La forma y el color deben ser establecidos por la Conferencia Episcopal, siempre en armonía con las disposiciones del derecho universal».

c) solicita, con una categórica declaración, la observancia y recta aplicación de la disciplina sobre el traje eclesiástico: «por su incoherencia con el espíritu de tal disciplina, las praxis contrarias no se pueden considerar costumbres legítimas y deben ser removidas por la competente autoridad».

Dado que la nueva versión del Directorio es sustancialmente idéntica, se debe aplicar el mismo razonamiento a ella.


Poco a poco, como señalábamos en las actualizaciones de esta entrada, los sacerdotes más jóvenes vuelven a usar la sotana como distintivo de su ministerio. 

El color de la sotana

Hasta el siglo XIII, la Iglesia no se ocupaba de reglar el color de las vestimentas eclesiásticas. Fue el Concilio de Letrán (1215) quien reservó a los obispos los colores rojo y verde, dejando al clero inferior los colores menos brillantes: blanco, negro y violeta. Fue así como se popularizó el azul como el color habitual entre el clero regular, mientras que desde el siglo XIV el púrpura quedó reservado a los cardenales y desde el siglo XVI el violeta para los obispos. A finales de ese siglo, entonces, quedaron fijados los colores de la sotana que hoy reconocemos.

En la actualidad, es sabido que el color de la sotana varía según la jerarquía eclesiástica. Ella es negra para los sacerdotes y clérigos inferiores; violeta para los obispos, excepto en los días de penitencia y fuera de sus diócesis, cuando visten igualmente sotana negra; roja para los cardenales, quienes la visten de violeta en las mismas ocasiones en que los obispos la llevan negra; y blanca para el Papa. Con todo, en las zonas tropicales y ecuatoriales donde hay mayor calor (parte de Hispanoamérica, casi toda África y La India), las sotanas para el clero, incluyendo las de obispos y cardenales, son blancas.

 El Cardenal Bertone con sotana blanca tropical con los ribetes cardenalicios
en un acto en Santo Domingo (República Dominicana)

El simbolismo de la sotana

El simbolismo de la sotana se manifiesta tanto en su forma como en su color.

Por su amplitud, ella simboliza la grandeza de la caridad sacerdotal, mientras que su extensión expresa a la vez la perseverancia en el bien y la crucifixión, muerte y sepultura de la carne con Jesucristo.

Por su color, la sotana marca el estado de quien la viste. El negro significa la humildad de espíritu, la penitencia y el desprecio del mundo. El violeta y el rojo expresan un rango superior y simbolizan al mismo tiempo el coraje en los combates del Señor, dado que el rojo es el color del martirio. El blanco, color de la luz, el gozo y la paz, se reserva al Romano Pontífice como el ejemplo más elevado de la humanidad regenerada por Cristo. De igual forma, el color blanco del alzacuellos simboliza la pureza del alma.

En fin, como decía el Rvdo. Jaime Tovar Patrón, vestir de sotana tiene siete virtudes: 1°. El recurso constante de que se es sacerdote; 2°. La presencia de la sobrenatural en el mundo; 3°. La utilidad que ella reporta a los fieles; 4°. La preservación de muchos peligros; 5°. La ayuda desinteresada a los demás; 6°. La moderación en el vestir; y 7°. El ejemplo de obediencia al espíritu y legislación de la Iglesia. La explicación de cada una de ellas puede verse aquí y aquí


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Actualización [27 de marzo de 2017]: Religión en libertad ha publicado un reportaje sobre el Rvdo. Lawrence Carney, quien recorre las calles del estado de Misuri (Estados Unidos de América) vestido con sotana y teja, llevando un crucifijo en una mano y un rosario en la otra para "pescar almas", como a él le gusta decir. De hecho, cuenta que recorrió el Camino de Santiago vestido así y que eso le permitió hablar con más de mil personas, quienes se acercaban para pedirle consejo. Su sueño es establecer algún día los Canónigos Regulares de San Martín de Tours, una comunidad religiosa basada en la forma de vida que actualmente lleva. Sería una comunidad semi-contemplativa, basada en la regla de San Agustín y una “mezcla entre monje y apóstol”. Oración y Misa por la mañana y por las tardes los monjes de dos en dos saldrían a la calle para llevar la Iglesia a las periferias existenciales. Mientras tanto, el Rvdo. Carney atiende a como capellán a una orden de religiosas tradicionales, las benedictinas de María, Reina de los Apóstoles. Todos los días visita la comunidad, celebra con ellas la Santa Misa de siempre, confiesa a las religiosas que se lo piden y les ofrece una guía espiritual. Por las tardes realiza su misión por las calles, evangelizando con su impronta sacerdotal. 


Actualización [19 de mayo y 2 de junio de 2017]: Según informa Adelante la fe, S.E.R. Aristide Gonsallo, obispo de Porto Novo en Benín, ha emitido un decreto obligando a todos los eclesiásticos de su diócesis a llevar la sotana como traje eclesiástico normal. Cabe recordar que en ese mismo país está situada la diócesis de Natitingou, donde S.E.R. Pascal N'koué erigió la Parroquia personal de San Juan Bautista para la atención pastoral de sus fieles de acuerdo a la forma extraordinaria (véase aquí la referencia de ésta y las demás parroquias personales erigidas en el mundo). De este obispo, quien en 2014 fue elevado por el papa Francisco a titular de la arquidiócesis de Parakou, hemos hablado ya en una entrada anterior, pues está dotado de una gran sensibilidad litúrgica. Así lo demuestra, por ejemplo, el elogioso informe enviado a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei en 2010 en cumplimiento del motu proprio Summorum Pontificum dando cuenta de la celebración de la Misa de siempre en su antigua diócesis de Natitingou (véase aquí la noticia de ese informe). 

jueves, 25 de agosto de 2016

50 años de Magnificat: homilía de la XII Domínica después de Pentecostés (7 de agosto de 2016)

Ponemos a disposición de nuestros lectores la valerosa homilía pronunciada por nuestro capellán, Rvdo. Milan Tisma Díaz, en la XII Domínica después de Pentescostés, que coincidió con el quincuagésimo aniversario de nuestra Asociación. En efecto, un domingo 7 de agosto de 1966, en la misma iglesia que hoy nos alberga, por entonces perteneciente a un convento de clarisas, se celebró la primera Misa de Magnificat conforme a los libros litúrgicos aprobados en 1962 por San Juan XXIII. Sobre dicha Misa publicamos precedentemente una crónica en esta bitácora. 

En la homilía del Rvdo. Tisma no faltaron emotivas palabras de gratitud hacia nuestro Presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau, Profesor Emérito de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, quien desde la primera hora ha luchado incansablemente en la ciudad de Santiago de Chile por el apostolado de la Misa tradicional y por el depósito de fe indisolublemente unido a ella.

 Jan Wijnants, La parábola del Buen Samaritano (1670)

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XII Domínica después de Pentecostés

"El buen samaritano"

7 de agosto de 2016

El Señor enseña que el camino para alcanzar la vida eterna consiste en el fiel cumplimiento de la ley de su Padre Dios. Los diez mandamientos, que entregó Dios a Moisés en el monte Sinaí, son la expresión concreta y clara de la ley natural. Pertenece a la doctrina cristiana la existencia de la ley natural, que es la participación de la ley eterna en la criatura racional y que ha sido impresa en la conciencia de cada ser humano creado por Dios. Es evidente, por tanto, que la ley natural, expresada en los diez mandamientos, no puede cambiar ni pasa de moda, ya que no depende de la voluntad del hombre ni de las circunstancias cambiantes de los tiempos.

Nuestro Señor alaba y acepta el resumen de la ley que hace el escriba judío: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Se ve que hay una jerarquía y un orden en estos dos mandamientos que constituyen un doble precepto de la caridad: ante todo y sobre todo amar a Dios por sí mismo, por ser Él quien es; en segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, por causa de Dios, amar al prójimo porque ésta es la voluntad explícita de Dios.

Este pasaje del Evangelio encierra también otra enseñanza fundamental: la ley de Dios no es algo negativo, un simple “no hacer”, sino algo positivo: es la clara manifestación de la voluntad divina, es el camino de la salvación , es nuestra maestra. Como dice la Escritura: “la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante, los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón” (Salmo 18).

San Agustín, siguiendo a otros Padres de la Iglesia identifica al Señor con el buen samaritano y al hombre asaltado por los ladrones y mal herido con Adán, origen y figura de toda la humanidad caída. Movido por su gran compasión y misericordia, Nuestro Señor baja a la tierra a curar las llagas del hombre haciéndolas suyas propias. Viene a sanar nuestras heridas y a curar los corazones desgarrados con el aceite de la misericordia, con el vino de su sangre redentora y luego viene a alojarnos en la hospedería de su Iglesia, fundada por Él en la tierra y que recibe en su seno a los pecadores y ofrece el alivio a sus almas con dones espirituales.

Hace justo cincuenta años, más precisamente el 24 de julio de 1966, el Cardenal Ottaviani enviaba a todos los Obispos del mundo una carta circular sobre algunas opiniones erróneas en la interpretación del Concilio Vaticano II. Esos errores, concernientes a la divina revelación, a las fórmulas dogmáticas, a la mismísima persona adorable de Nuestro Señor Jesucristo, a la liturgia de los sacramentos y a otros puntos centrales del edificio de la fe católica, eran recogidos y presentados sumariamente en aquella carta para que los señores obispos cuidaran de frenarlos y prevenirlos. Sólo siete años después, en una conocida homilía, el beato Pablo VI se quejaba amargamente de la “ola de profanidad, desacralización, secularización, que sube, que oprime y que quiere confundir y desbordar […] Se diría que a través de una grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbres, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación”. Un panorama doctrinal y litúrgico verdaderamente desolador, que no ha hecho más que profundizarse en las últimas décadas.

 Julio Retamal como maestro de ceremonias durante una Misa Solemne celebrada por el R.P. Osvaldo Lira Pérez, SS.CC. (1973)

Hace también cincuenta años, un domingo como hoy, 7 de agosto, en esta misma iglesia capitalina de Nuestra Señora de la Victoria, entraban el Rvdo. Padre Miguel Contardo SJ, quien esta mañana nos acompaña el coro, y nuestro querido y respetado presidente, el Dr. Julio Retamal Favereau, para iniciar, con la asistencia del Buen Dios, una aventura que llega hasta nuestros días. Su propósito era claro y firme: mantener la celebración de la Santa Misa romana en su forma tradicional, y con ella, conservar y transmitir todo el patrimonio de la tradición católica unido a ella para beneficio de las generaciones futuras. En medio de la desolación eclesial había que proteger ese fuego sagrado para que no se extinguiera. Para que no fuera robado por maleantes, como narra el Evangelio de este domingo.

Diríase que al ver al mundo y a la propia Iglesia caídos en manos de ladrones, despojados y medio muertos, heridos terriblemente por los males de una propia y verdadera revolución, el Buen Dios, suscitó corazones valientes y generosos, aquí y allá, para que sirvieran de samaritanos, llevando cura y alivio a muchas almas atribuladas. La medicina utilizada principalmente ha sido la Misa tradicional, caudal inagotable de gracia y santidad.

Han sido cincuenta años arduos, llenos de incomprensiones, palpando la precariedad de los medios humanos, gustando la hiel del rechazo, viendo tristemente, en muchas ocasiones, en el rostro de la Iglesia, más las facciones de una madrastra severa y lejana, que la de la madre a la que amamos y necesitamos. Pero aquí estamos y somos lo que somos, por la gracia de Dios.

Damos gracias al Señor por estos cincuenta años de apostolado prácticamente ininterrumpido, por la constancia y firmeza de don Julio, por la generosidad de nuestros bienhechores, por la continua presencia de los fieles. Damos gracias aún por los momentos tristes y amargos. Todo ha concurrido para nuestro bien, porque el camino de la santidad es siempre arduo. Pedimos al Señor que perdone nuestros yerros y supla nuestras deficiencias. Todo esto lo ponemos hoy espiritualmente sobre la patena del ofertorio como una hostia viva y santa en la presencia de Dios.

Gracias, don Julio, por esta obra que encuentra en Ud. buena parte de su inspiración y apoyo humano y material. Como Ud. mismo señalara en ocasión no muy lejana, ni su obra como docente e historiador, ni su carrera diplomática o artística, nada es tan importante en su vida como este legado que nos transmite: el apostolado de la Santa Misa tradicional.

Es misión de las nuevas generaciones recoger este fuego sagrado y cuidarlo para que crezca y se desarrolle e ilumine a nuestros prójimos. Afirmemos nuestra fe católica cantando el Credo y culminemos nuestra acción de gracias cantando Te Deum.

 Imagen tomada durante la homilía de la Santa Misa cantada del 7 de agosto pasado. En el  coro, el primero de la derecha es el P. Miguel Contardo SJ.

martes, 23 de agosto de 2016

Ex ore infantium: los niños y la Misa tradicional

Les ofrecemos la traducción hecha por la Redacción de un artículo del ya asiduo Peter Kwasniewski aparecido en New Liturgical Movement sobre la gran ayuda espiritual que presta la Misa de siempre en la formación religiosa de los niños. 


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Ex ore infantium: los niños y la Misa tradicional 

Peter Kwasniewski

El tema de la relación de los niños con la Misa tradicional merece mucha más atención que, hasta donde yo sé, se le ha dado. Lo que me queda claro, por la experiencia que tengo con mis niños y los de algunos amigos que asisten con regularidad a esta Misa, es que, contra todas las predicciones de los liturgistas sobre la necesidad de que los niños tengan sus liturgias simplificadas que los nutran con miguitas del Evangelio, los niños no sólo disfrutan asistir a la Misa tradicional, sino que pueden llegar a cautivarse y encantarse con ella. Es algo bien sabido que ciertos niños que se han comportado como incontrolables erizos, una vez revestidos con sotana y sobrepelliz, pasan a integrar las filas de monaguillos y a comportarse como soldados; y que algunas niñas, una vez que se cubren la cabeza con un velo, se entregan a la oración de un modo tal que resulta edificante incluso para sus padres.

Como una tarea escolar, mi mujer pidió a nuestra hija que escribiera lo que pensaba acerca de la Misa a que vamos los domingos (esto fue hace algún tiempo, cuando nuestra hija tenía nueve años). Aquí están las páginas manuscritas, junto con su transcripción.





"Reflexiones sobre la Misa tridentina.

He notado que la Misa tridentina es silenciosa durante un rato. También he notado que el sacerdote dice la mayor parte de las oraciones en la Misa tridentina, especialmente en la consagración.

Pienso que el silencio de la Misa tridentina es como las monjas carmelitas, que pasan en silencio la mayor parte del tiempo. También he notado que en la Misa tridentina el sacerdote reza la mayor parte del Padrenuestro.

Hay solamente dos liturgias que me hacen sentir como en el cielo, la tridentina y la bizantina. Me gustan igual la Misa solemne y la Misa rezada. Me gusta la Misa solemne porque me gusta mucho cantar, especialmente el gregoriano. Y la Misa rezada porque hay mucho tiempo para rezar en silencio.

También el sacerdote dice el Amén por uno en la comunión.

Una pequeña oración mía: Sí, Señor, creo que estás presente en la Eucaristía y creo que estás conmigo en todos los santos sacramentos. Amén."

¡Qué hermosos son estos sentimientos sencillos, sin afectación, nacidos directamente del corazón infantil que se encuentra con el misterio del Señor! “De la boca de los niños has formado una alabanza perfecta para vencer al enemigo y al rebelde” (Ps 8, 2). ¡Ojalá que más niños pudieran experimentar el canto y el silencio que ayudan al alma a sentir y a saber que el Señor está realmente presente entre nosotros!

Por cierto, soy el primero en admitir que traer los niños a la Misa tradicional, especialmente los bebés y los niños más pequeños que no pueden “seguir” la liturgia y que a menudo hacen muchísimo ruido y complican a sus padres, presenta una gran cantidad de desafíos. Aun así, no debiéramos subestimar la sutil formación de la psiquis que tiene lugar al exponer convenientemente a los niños al silencio saturado de oración, a los símbolos litúrgicos, al ceremonial de la Misa. Después de todo, si se comienza a formar el alma de los niños desde el momento mismo de la concepción por la música y las voces que oyen desde el interior del seno materno, ¿cuánto más no se formará, después de su nacimiento, su memoria, su imaginación, su intelecto, su voluntad, por la influencia del medio? ¡No subestimemos la necesidad de nuestros niños de exponerse a la sagrada liturgia en toda su exigente y gratificante plenitud, ni su capacidad, a lo largo del tiempo, de absorber esta plenitud y hacerla parte de lo que ellos mismos son!

En OnePeterFive se puede encontrar un par de artículos sobre “Cómo ayudar a los niños a comprender la Misa Tradicional” (Partes 1 y 2), donde se analiza el modo cómo los padres pueden ayudarlos en este proceso de gradual inmersión en la Misa de todos los tiempos, y cómo pueden “ganar tiempo” para los pequeños. Quisiera aquí expandirme sobre un punto específico mencionado en dichos artículos.

Antes de poder hacerlo en la iglesia, los niños deben practicar en la casa el estarse quietos. Los padres solemos cometer el error de querer corregir en la Misa un comportamiento inadecuado en ella, momento en que hacerlo resulta poco efectivo y torpe. La práctica durante un mes, más o menos, del rosario en familia puede enseñar a casi todos los niños a cómo estarse quietos, ya que en casa uno puede insistir en que se comporten como deben de un modo que no se puede hacer en Misa. El rosario es una oportunidad de practicar el estarse quietos y, para los niños algo más grandes, de arrodillarse, de manera que sus cuerpos se familiaricen con la disciplina de la oración formal, que les servirá directamente para la Misa. Quienes tienen familias grandes saben que es perfectamente clara la diferencia entre los niños a quienes se les ha dado tales oportunidades y los niños que no las han tenido.

El arte de estarse quietos… Algo que todos necesitan aprender

Relacionada con este arte de estarse quietos está la cuestión, más profunda, de inspirar a los niños el amor por la paz y tranquilidad, así como también el hábito de mantenerse ocupados en algo (es decir, de no tener que ser entretenidos sino de entretenerse solos). Para decirlo con franqueza, si nuestras casas se ven inundadas por el ruido de la televisión, del estéreo, de los libros electrónicos de alta voz y de otros estímulos auditivos, no se alimentará la quietud de alma necesaria para participar en la Misa tradicional. Tenemos gran necesidad de “ruidos naturales” y también de “tiempos de silencio” en el hogar.  Una cosa que funciona bien en algunas familias es establecer una hora de silencio en algún momento después del mediodía, a fin de aclimatar a los niños a la necesidad (y, me atrevo a decir, a la posibilidad) de un lapso de tranquilidad en que cada cual tiene que mantenerse ocupado y en silencio. Difícilmente se puede exagerar la importancia de cosas como éstas: de otro modo, ¿cómo podrán los jóvenes católicos aprender a oír la “voz quieta, pequeña” (1 Re 19, 12) del Señor; cómo podrá preparase el terreno para la meditación y la contemplación características de la oración madura? Estamos hablando nada menos que de la educación en la conciencia de sí y de los otros, que es lo que define la interioridad y la relacionalidad humanas, y nos distingue de los animales del campo.

Como Maria Montessori lo supo y lo expresó tan bien, los niños pequeños tienen una habilidad innata para concentrarse. Desgraciadamente las modernas prácticas de los padres obstaculizan esta habilidad con la errónea idea de que los niños deben ser “entretenidos” y distraídos continuamente con toda suerte de estímulos artificiales. La creación es un mundo misterioso y maravilloso por sí mismo, y si se les da la oportunidad, incluso los niños muy pequeños pueden concentrarse en algo tan simple como sus propios dedos durante un tiempo mucho más largo que lo que un adulto creería posible. La mujer de uno de mis amigos grabó un vídeo de su hijo de ocho meses jugando con cubos durante más de veinte minutos. La clave de algo así es impedir que nada perturbe al niño que está concentrado. 

Hace poco estuve escribiéndome con un padre que me contaba la experiencia de su familia en la transición desde el Novus Ordo a la Misa tradicional, y cómo ello los ha ayudado a todos a ser católicos más devotos. Debido a que lo que escribe es tan alentador para todos nosotros, compartiré aquí (con el permiso suyo) lo sustancial de sus ideas: 

"Nuestra hija es en parte responsable de que asistamos ahora a una parroquia de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro. Ella se involucró en un programa para niñas en la Fraternidad y asistía a Misa todos los sábados. Comenzó a usar velo. A continuación me comentó cuánto la impresionaba la forma extraordinaria, y su incomodidad con el Novus Ordo (hacia aquel entonces, no había comentado con mis hijos sobre mi estudio del N.O. Nuestras conversaciones se referían solamente a los abusos litúrgicos). Luego, desarrolló su devoción por la Florecilla, y se volvió mucho más piadosa. Fue impresionante (es una niña normal: compite en Irish Step y tiene lecciones de equitación, y practica saltos con sus demás hermanos). Y así, fue en parte la sabiduría de una niña lo que nos trajo hacia la forma extraordinaria.

Estoy impactado por lo insensibles o simplemente ciegos que algunos católicos, aparentemente fieles, son frente a la Misa. Seguramente son personas mucho mejores que yo, como para poder nutrirse con una Misa de guitarras. Yo necesito, en realidad, todo lo que la Iglesia puede darme –todos los aromas y campanas- a fin de poder llegar al fin de la semana.  El diablo tiene tantas vías de comunicación actualmente para transmitir su mensaje. Me da la impresión de que ya es tiempo que la Iglesia comience a usar su artillería pesada…

Nuestra hija se dio cuenta de las diferencias a la temprana edad de 10 años, y dijo que se había enamorado de la forma extraordinaria. Y nos dijo también que, una vez que comenzó a usar velo, se hizo mucho más rezadora; sintió que se podía concentrar mucho más, sin distracciones. Además, sintió que podía imitar a María mucho mejor, porque a María se la pinta siempre con la cabeza cubierta. A menudo les digo a mis hijos hombres que su hermana nos ha de conducir al cielo.

Nuestros hijos varones también notaron la diferencia en la piedad del sacerdote. El mayor tiene catorce años y ahora ayuda a la Misa, y habla de la precisión de los movimientos del sacerdote, y como no permite que sus ojos se alcen más alto que la barandilla del comulgatorio cuando se vuelve hacia el pueblo. También se ha impresionado con el modo cómo el sacerdote prepara la Misa, y cómo se dedica a su acción de gracias inmediatamente después que la dice. Nada de socializar después de la Misa.

Hubo un buen artículo en la última edición de Adoremus, en el que un sacerdote describía su experiencia en un colegio católico de Chicago donde se les enseñaba canto gregoriano desde el primer curso. Pienso que tal formación es verdaderamente posible para los niños pequeños. Pienso también que la forma extraordinaria no está más allá de su capacidad, aunque creo que los padres debieran comprometerse más con la explicación del significado de cada rito: es algo que, para los niños, resulta perfectamente vivo. A nuestro hijo de 11 años le gusta seguir la Misa con el Misal Campion. Además, trato de explicarles las lecturas y los Propios la noche anterior en la mesa. Así pues, creo que la forma extraordinaria nos exige más, pero son exigencias que valen la pena."

Padres, no tengan temor de comprometerse con estas exigencias, y no se desalienten por los desafíos y fracasos. Sus esfuerzos serán recompensados. Los sacerdotes que celebran la Misa tradicional les agradecen por hacer que esta profunda educación y santificación esté al alcance de nuestros niños. Sacerdotes que todavía no celebran la Misa tradicional o no lo hacen en público: por favor consideren qué torrente de gracias y de verdad derrama sobre el Pueblo de Dios –comenzando por los más pequeños- esta venerable forma del rito romano. “Dejen que los niños vengan a Mí y no se lo impidan, porque a los que son como ellos pertenece el reino de Dios” (Lc 18, 16).

Note de la Redacción: todas las fotografías están tomadas del artículo original.


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Actualización [28 de diciembre de 2016 y 4 de febrero de 2017]: La bitácora El Búho escrutador ha publicado una entrada que reproduce esta emotiva fotografía aparecida en New Liturgical Movement (véase también las otras partes de la serie: 1, 23 y 5) sobre un niño que ayuda a levantar la casulla de un monje benedictino durante la consagración. Glosa la imagen haciendo presente el hecho de que la innata simplicidad del alma infantil es particularmente sensible al lenguaje litúrgico no hablado, tan propio de la liturgia tradicional de la Iglesia, pues en ella el niño intuye con facilidad el misterio del sacrificio redentor y experimenta una maravillosa fascinación por Dios y el sacerdocio.



Actualización [13 de febrero de 2017]: El sitio Religión en libertad (el original apareció en Aleteiaha publicado once consejos escritos por Karen Fernandes, madre de cinco hijos pequeños, para fomentar el buen comportamiento de los niños en Misa. Interesa destacar dos de ellos, porque muestran cómo la Misa tradicional es más cercana a la mentalidad infantil. El noveno de esos consejos dice: "Cuanto más silenciosa es la Misa, mejor es la comprensión del niño sobre su silencio, evita las misas con demasiado ruido". Por su parte, el décimo consejo señala: "De preferencia la iglesias con adornos y condiciones de reverencia, los niños comprenden donde están si el medio exterior refleja las necesidades interiores. Las iglesias modernistas vacían el sentido de sacralidad, y los niños captan fácilmente ese lenguaje. Haz la prueba, y considera cambiar de iglesia".